El 2025 fue el año en el que empecé a impartir clases de Torno Alfarero. Empecé con 1 sólo torno, luego cuatro, y ahora tengo siete. Esto indica que la demanda ha respondido bien al modelo pedagógico que propongo. Al inicio fue una labor, como suele ocurrir en la docencia inscrita en las artes plásticas, de planificar, implementar, improvisar sobre la marcha, observando qué cosas funcionaban y cuáles no.
He notado que hay valores importantes en mi práctica docente que han permitido construir un modelo que considero bastante exitoso, y que han hecho que las piezas hechas por mis estudiantes tengan cada vez mayor coherencia interna.
Algunos de estos valores son:
La importancia de los ciclos
Mi curso de torno sigue una cadencia trimestral. Se oferta tres veces al año, con fechas definidas. Empieza… y termina. Esto me resulta valioso porque como docente, me permite estar retroalimentando continuamente, y esto no siempre puedo hacerlo con objetividad sobre la marcha. La distancia es importante para observar el panorama.
Y pues también porque al saber que algo se acaba, hay un aliciente psicológico que hace que actuemos desde lo mejor de nosotros mismos. Docente y estudiantes incluidos.

La organización es clave
Soy una persona naturalmente desordenada que calma su ruido interno a través de una planificación extensa. Se me da bien llevar registros detallados en Excel. El trasladar esta organización a una estructura de cursos permite que la persona estudiante pueda configurar un mapa mental claro del proceso.
Mi curso de torno es muy sencillo: el primer mes practicamos y practicamos la técnica, para ir puliendo las destrezas manuales necesarias. El segundo mes empezamos proyecto(s), y en el último mes pulimos y esmaltamos.
Fin. No mezclo procesos, no mezclo tiempos que generan desgaste. Esta claridad es bastante efectiva, pues se reduce al mínimo la fricción.

La curaduría como pilar
El año pasado se popularizó un trend sobre fallos de cerámica. Me parecía interesante (y divertido, cómo no), pero muy ajenos a la realidad de mi taller. No soy un profesor inflexible, pero tampoco me falla el pulso para señalar y descartar, hacia la pila de reciclaje las piezas que no tienen futuro. Ya sea porque quedaron muy delgadas, excesivamente gruesas, algún otro defecto estructural, o lo que sea… Pero una pieza mal hecha o con atisbos de fracturarse, no se hornea.
Esto resulta liberador en muchos sentidos: permite practicar el desapego y aprender a soltar elementos que, de otro modo, se convertirían en un lastre.

Construcción de significado:
Antes de ser ceramista fui artista, por lo que el tema de la construcción de sentido es fundamental en mi producción de obra como en la docencia. Mi curso de torno no es solo aprender una técnica: es construir significado, entendiendo el objeto dentro del entramado sociocultural que lo produce y lo utiliza.
Y esto es más complejo de lo que parece, por lo que lo dejaré para otra ocasión.
Aprender a usar el torno conlleva una curva de aprendizaje alta. No es tan fácil como podría parecer, y culpo a las redes sociales de insertar en el imaginario ciertas nociones falsas de la técnica.
Pero resulta bastante satisfactorio el ir identificando los avances propios de la constancia y el compromiso con la práctica, por lo que sencillamente es maravilloso y satisfactorio de ver y hacer.
Puedes checar los períodos de inscripción en este enlace.

